Prevenir los problemas de conducta desde la infancia

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La educación y los cuidados que reciban los niños desde su nacimiento les condicionará su futuro en todos los aspectos.

Tenemos la falsa creencia de que a los niños no hay que educarlos hasta que vayan al colegio y en realidad los aprendizajes más importantes de la vida los realizan los tres primeros años, o sea que es en familia donde se ponen los fundamentos sobre los que se educará al niño.

Cuatro bases para construir un futuro:

El afecto. En el primer año la educación se basa sobre todo en la afectividad. El afecto entre padres e hijos es siempre la base sobre la que construir una relación que a medida que el niño crezca se irá haciendo más compleja.

La capacidad que tengamos los padres de atender y responder a sus necesidades tanto físicas como emocionales y al mismo tiempo ayudarle a establecer unos ritmos adecuados de alimentación, descanso, juego les ayudará a crear un vínculo afectivo con los padres que les genere confianza y les enseñe pautas adecuadas de comportamiento y de respuesta a los estímulos.

La autoridad. El afecto no está reñido con las normas. Desde el primer día los padres debemos tener claro que somos los responsables de guiar a nuestro hijo con firmeza. Tenemos que conocer que es lo adecuado en cada edad y ayudar al niño a que vaya adquiriendo las habilidades y los hábitos que correspondan. El niño interiorizará que los padres tiene autoridad sobre él y la aceptará de buen grado siempre que vaya unida al cariño y los padres sean coherentes, es decir que las normas son para cumplirlas todos y en todas las situaciones. Protegerlos y consentirlos en exceso es tan perjudicial para ellos como exigirles por encima de sus posibilidades reales o ser muy rígidos con las normas.

Ejercer la autoridad no es dominar al hijo ni atemorizarlo, es marcarle unos horarios de sueño o de comidas, es no dejar que sea el niño quién nos organice la vida si no llevar con él una vida lo más organizada posible, es no tolerar conductas inaceptables como insultos, palabrotas. Como es lógico la ejerceremos de distintas maneras dependiendo de la edad del niño.

Las normas. El niño necesita desde bebé llevar una vida organizada en sus rutinas. Más adelante las normas afectarán a lo que debe hacer y lo que no y de que manera es aceptable. Un niño al que se le deja hacer lo que quiere, no se le corrige o nunca se le niega nada será un niño inseguro, desobediente, con dificultades para relacionarse y aceptar la disciplina del entorno escolar.

Como adultos responsables también nuestra manera de actuar debe seguir unas normas y ser coherentes con lo que pretendemos enseñar. No olvidemos que los niños aprenden por imitación del adulto y que es en la primera infancia cuando el niño interioriza que valores rigen nuestra vida.

Los hábitos y habilidades. A medida que el niño va adquiriendo habilidades como masticar los sólidos, comer solo, vestirse, usar el WC, etc. Es nuestra obligación potenciar sus capacidades y hacerlos cada vez menos dependientes de nosotros. La organización de la familia y la inclusión del niño en esta organización facilitará también la adquisición de hábitos adecuados: tener un horario fijo de comidas, de ir a la cama, aprender a comer de todo y de una manera adecuada, lavarse los dientes después de las comidas, recoger su ropa sucia, ordenar sus juguetes, esperar su turno en el juego, etc.

Prolongar cosas como el uso del chupete o biberón, no retirar el pañal cuando el niño es capaz de controlar sus esfínteres, darle todo triturado con el fin de que coma más cuando puede masticar, etc. crea malos hábitos y dificulta que el niño consolide sus habilidades , por lo tanto frena su normal desarrollo físico y emocional.

El niño con buenos hábitos y habilidades será socialmente más competente, desarrollará mayor autoestima porque verá que es capaz de no depender de los demás y facilitará que en familia no haya dificultades en las rutinas diarias que acaban siendo fuente de conflicto permanente entre padres e hijos cuando no se imponen las normas adecuadas.

La buena educación potencia lo mejor del niño: madurez, sociabilidad, respeto por los demás, conducta adecuada y previene actitudes como falta de control de los impulsos, baja capacidad para tolerar las frustraciones, dificultad para tomar decisiones por si solo, bajo interés por los estudios, que pueden tener graves consecuencias ,especialmente en la adolescencia ( conductas de riesgo como consumo de drogas, sexo sin protección, accidentes, fracaso escolar.)

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